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Diana Larrea. Tiempos y formas
En una trayectoria de casi diez años en la que se ha afianzado como una de las representantes de mayor crédito en el panorama artístico nacional, la madrileña Diana Larrea (1972) ha producido un conjunto de trabajos que podríamos situar en dos vertientes equidistantes con respecto a ese asunto tan central en el arte de hoy que es el litigio entre realidad y ficción o, mejor, entre las diferentes maneras en que ésta y aquélla aparecen entreveradas. Si en una de estas variantes la propia artista se desliza en el terreno de la ficción autorretratándose como algunas de las leyendas del cine pertenecientes al masivo acervo de todos, en la otra, que es la que aquí nos ocupa, juega a la inversa, filtrando la ficción en el espacio real a través de intervenciones en el espacio público. Si en la primera de las variantes pulsa la temporalidad y la vigencia de los iconos de nuestra cultura, en la segunda la artista tantea el tiempo de la obra de arte más allá de su presencia. Porque estas intervenciones trascienden el tiempo de exposición y permanecen en el eco que reverbera tras de sí.
Diana Larrea plantea en este proyecto zaragozano una síntesis entre el agua, la arquitectura y el tiempo que se condensa en la forma de la espiral, forma de larga tradición iconográfica desde los relieves megalíticos hasta nuestros días. Encierra la espiral la simbología de lo cíclico, que en determinadas culturas trasciende lo físico para insertarse en sistemas cosmológicos que contienen, en muchos casos, un misticismo extraordinario. En la representación de la espiral, Diana Larrea ha optado por el ladrillo en alusión al material empleado en la arquitectura mudéjar y, por tanto, traza el vínculo entre significado y significante, entre ladrillo y agua, a través de la próspera convivencia entre las diferentes corrientes artísticas que en esa arquitectura se dieron cita. Y el agua, hoy en Zaragoza, es también principio vertebrador y elemento conciliador entre culturas.
El trabajo que Diana Larrea ha realizado en el espacio público siempre ha buscado una relación íntima con el ciudadano. En el barrio gijonés de La Calzada, en la rotonda de Arganda del Rey o en la calle Valverde de Madrid, la interacción con el público ha suscitado una noción de la temporalidad que superaba el espacio físico de la obra. Robert Smithson, autor de la espiral más célebre del siglo XX, escribió incesantemente sobre el tiempo en el arte, sobre el antes y el después de la fisicidad del trabajo. En los proyectos públicos de Diana Larrea la evocación y el recuerdo de la obra tienen tanta fuerza como su propia presencia.
Javier Hontoria
Catálogo Intervenciones artísticas Expo Zaragoza 2008 |
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